MUCAMA
Uno de los cuentos que escribí este verano
Conocí a Juan gracias a una publicidad de Instagram. En realidad, una amiga mía la encontró, o le apareció en su celular, que es lo mismo, y me recomendó el trabajo luego de intentarlo ella primero. No tuvo mucha suerte, pero después de su experiencia, me hizo un par de recomendaciones. Cautela.
-no me importa saber qué estudias, todos me dicen que estudian y nombran sus carreras excéntricas. Yo quiero saber si podes hacer mi trabajo. No, no me interesa tu trabajo dentro de la facultad y tus clases ad honorem. No, no. No me gusta tu tono, no me gustas. A ver, qué días de la semana podrías venir.
Me sentí con ventaja: en la llamada nos llevamos bien. Procuré no hablar demasiado sobre mi vida profesional y privada. De hecho, él tampoco se enteró que estudiaba hasta mucho tiempo después,
-suponía y sabía que eras universitario. Pero nada más.
El trabajo que ofrecía y la información que dejaba coincidía con mis comodidades: zona Cañitas y una serie de tareas vagamente nombradas. Lectura, escritura, búsqueda de material, buen manejo del inglés, Excel. Pero no me quedaba claro de que trabajaba Juan ni cuál sería el fin de todas esas tareas.
Aunque eso mismo pasa en todos los trabajos administrativos, nunca preocupa lo que vendría a ser el fin último. Te piden manejar la cosa, organizar su sistema sin adentrarte en él. Quiero decir: notificar algo, agendar una cita para algo. Lo que entrega el verdadero dinero está dentro de un cuarto oscuro. Elipsis. Por eso la administración suele ser un trabajo temporal, al paso y de “poco apego”. El administrativo está por debajo en la jerarquía de la institución. Pero puede reivindicarse, pienso. Un ser humano en específico por dedicación y antigüedad, reemplaza al puesto en sí mismo. Entonces el Administrativo de carne y hueso se convierte en eslabón más fuerte: conoce y anticipa las necesidades de sus superiores. Ese es el valor, que es el valor máximo, el techo de cristal – posible de romper porque además pueden vender productos Natura en su intimidad- Más de 30 años de oficio. Pero qué jubilación.
En fin.
Mi única preocupación respecto de este nuevo trabajo era la plata de Juan; que ya no fuese parte de la población económicamente activa, que no hiciera dinero activamente, que su casa fuese el inmueble de una fortuna producida hace largo tiempo atrás, quedando mi trabajo en las manos de un rico venido abajo, asediado por un barrio céntrico y caro, abrumado por expensas y no por deseo propio ni por sus ideales.
Destinado a negrearme.
Me equivocaba. Juan es un hombre sin trabajo fijo, se dedica a recopilar obras de arte, vender y negociar sobre las que ya no le interesan de su amplio stock. Además de la venta de inmuebles e inversiones heredadas por su padre. Creo que lo segundo es lo que ocupa todo su tiempo.
La primera vez que nos vimos, luego de un par de llamadas e intercambio de honorarios, me recibió fumando en su propio living. Yo entré con el portero.
A pesar de mis búsquedas previas por internet, en persona se veía diferente. Era petiso y su piel blanca y rosa chillona. Pero era muy musculoso, tenía una camisa ajustada, parecía un Clint Eastwood homosexual y argentino. Era un hombre en contra de la monogamia, agresivo y un poco nervioso, que saltaba de hombre a hombre sin mucha dificultad ni apego.
Lo primero que vi en su casa fue su sillón era de cuero, hasta me dan ganas de llamarlo sofá. Tenía terminaciones de metal. El baño tenía una obra de arte. Todos los artistas tienen en sus baños obras de arte. Su departamento quedaba sobre avenida Libertador. A esa altura la luz del día entra por el balcón e ilumina el piso. Las cajas de Marlboro sobre la mesa del largo living, se veían pulcras y hasta me entraron ganas de fumar. Siempre tenía encima cajas de cigarrillos. Pero no importaba el olor, todo ahí dentro se volvía limpio. Los envoltorios plásticos de los paquetes sin abrir relucían y reflejaban el cielo.
Cualquier departamento de Libertador es capaz de hacerse blanco por completo. Pero su casa no era únicamente blanca y pulcra, nada parecido a la melamina o al vacío. Con Juan, empecé a comprender que la belleza no estaba en la blancura. Lo bello está en los muebles pesados, viejos, de oscura madera, en colores de los cuadros, en la diversión y el pop. En las sillas de colores y en el cuero.
Buen gusto.
En la ciudad, las luces también salen de los letreros, de la oscuridad de los edificios con algún departamento prendido, del reflejo de los anillos que les regalan a las chicas y emulan perfectamente la luz del sol. Pero no hay nada como la luz que surge de las cosas naturales, de los reflejos que imponen ausencia. ¿qué?
La primera jornada de trabajo fue bastante sencilla. Noté con media hora de conversación por dónde iba la mano: Juan no sabía exactamente qué hacer, su pulsión le indicaba hacer algo más, aunque la ausencia de necesidad se transformaba en una traba. Fumaba cigarrillo y ya para el tercero o cuarto no podía entender por qué no me ofrecía ninguno. Me hablaba muchísimo de su propia vida. Le costaba darme tareas. Estaba sano y era competente, sólo quería ayuda y eficiencia. En busca de la productividad perdida. Se lamentaba perder tanto tiempo buscando archivos viejos, la contraseña de wifi. La dificultad de ingresar a una casilla de correo, la obligación de pagar tantas cuentas, hacer transferencias, pedir permisos, olvidar invitaciones. Aseguraba que el problema no era cómo hacer las cosas, sino seguir trabajando después de cada una de ellas. Me quería a mí para el trabajo previo.
Yo podía ayudarlo.
Iba alrededor de tres veces por semana y trabajaba cuatro horas. Empecé a trabajar en abril. Pagaba de manera razonable y a veces me regalaba cosas. Lo hacía con una actitud desapegada, esto no le sirve, lo otro tampoco. Y tampoco regalaba demasiado, no era un rico desapegado por sus cosas. No es que yo me llevaba bolsones de ropa usada, no limpiaba su casa. Nunca necesité un buzo para el invierno, o una camisa, medias, una estufa eléctrica por el frío. Ni un departamento en Mar del Plata para conocer el mar por primera vez. Mi tentación era sofisticada, yo quería sus libros, las decoraciones en su estante, que eran las más caras del museo; él no compraba postales ni una lapicera. Era la antítesis del deseo de mantener el recuerdo intelectual de un viaje europeo.
Tenía muñecos coleccionables, souvenirs de Warhol, Duchamp, los mejores puntos de Yayoi Kusama. Detrás de esos juguetes, libros de Massota, Link, Gainza, todas las novedades. Jitrik, Andy Warhol, Hang Kang, muchísima crítica literaria y crítica de arte. Yo iba conociendo a los autores que ya estaban en su biblioteca.
Le pedí un libro prestado. Y empecé a acostumbrarme: siempre me iba con algún libro, siempre de a uno por vez. Las páginas tenían impregnado olor a cigarrillo. Me enojaba no haberlo fumado, no tiene que ver con no haberlo fumado juntos, sino en verdad, no ser yo quien no había fumado anteriormente eso, y por no tenerlo en mis manos este libro desde hace mucho tiempo atrás. No ser él. En aquel momento sentía que nada de mí era suficiente. Él siempre venía con un autor uruguayo nuevo, un argentino del siglo XX. El horror de aprender a asentir,
-siento que no entendes del todo mis referencias.
Era obvio que era gay, aunque nunca hablábamos de eso. Tenía en su casa una serigrafía negra de un gorila, pero el gorila era él, porque era muy musculoso y también se lo veía morrudo y petiso. A mí me encantaba esa serigrafía y además estaba hecha por él mismo, abajo decía su apellido, mostrando todas las venas de sus brazos. También sabía que yo era gay, tampoco lo nombrabamos.
Durante los primeros meses me hacía trabajar de día, en un horario razonable, aunque tiempo después me dejaba leyendo en su living, y el subía hacia su cuarto, o al comedor, insistía en que me quedaba, e invitaba gente a comer, a veces me cenaba con ellos y otras veces no. Siempre esperaba la conofirmación de su invitación nocturna. Él llevaba hombres a su casa, artistas y jugadores de rugby, productores. Gente muy hermosa.
Me enamoraba esa forma de vida que se fue expandiendo hacia las tardes y las noches. Alrededor de junio, después de tres meses de trabajo de organización y lectura, empecé a asistir a sus “salidas de socialización”. Iba con él, a las seis de la tarde suelen empezar las inauguraciones en galerías. Trabajaba de corrido desde las dos de la tarde. Cuando era la hora, íbamos al MALBA, o al Museo Moderno, a grandes y pequeñas galerías de La Boca y San Telmo, cuna del arte y alquileres baratos. Yo siempre decía que sí. Lo esperaba mientras se bañaba, se cambiaba y se perfumaba. Yo tenía que pensar que iba a usar desde temprano en la mañana.
Conocer el mundo interno de las galerías es un entrenamiento que poco a poco fui adquiriendo, un gusto por el deporte, es igual que conocer un plantel, relacionar grupos y personas, recordar los partidos importantes con sus jugadas; saber sobre los artistas antes de su inauguración, con qué material trabajan, quienes son.
Cada año, cuando visito con mis amigos ARTEBA, soy muy presumido, oversharing de arte, hasta que cansados de las visitas guiadas alguno dice:
-ay déjame mirar, no seas pesado, ya sé que soy un negro de mierda.
Y después de pasear un rato quieren irse al cine, hacer algún otro plan. Yo me pasaría la tarde entera en la simpleza de los trazos de esas obras, en la caricatura del arte, y en los Bernis muy caros, joya nacional del encuentro. Me quedaría ahí mismo, en la crítica y el amor que brota de mis ojos. La belleza del arte plástico me desespera.
Para ir con él, faltaba a clases de la facultad, cumpleaños, encuentros con amigos. No me importaba, yo quería estar exactamente ahí.
Creo que a Juan le gustaba hacer todo el trabajo con alguien más, una compañía, un chico más joven que él. Aclarar una y otra vez que yo no era su novio, que trabajaba para él. Muletilla para descomprimir cualquier conversación.
Las visitas en Capital eran muy diferentes. La soledad no era avasallante, siempre me cruzaba con alguien, charlaba con mis mutuals por las fotos que subía. Saludaba a algún famoso e intercambiaba algunas palabras. Iba por detrás de Juan como una pequeña sombra.
Juan me comentó una vez que antes de mí, trabajó una mujer jovencita y amorosa:
-incluso sabía más que vos. Estudio en el Bellas Artes, sabía de música y moda, de pintura y técnicas, de dinero, trámites y papeles. Era perfecta. Pero conflictiva. De vez en cuando algo en ella cambiaba, y yo no puedo ir preocupándome por su sensibilidad y su humor cada vez que salimos, ¿entendes? no, no se puede. Comenzaba a notarse en ella la incapacidad de trabajar, la emocionalidad la nublaba, estaba disconforme con algo y no quedaba claro qué era. Ella está trabajando para mí. Lo cierto es que a todas las mujeres les gusta el conflicto. Es algo intrínseco en su especie. Trabajan mal. Siempre dependen de alguien más, incluso del espejo de su propia imagen.
Jamás le había contado en profundidad de mis anteriores trabajos. Al decirme todo esto, opté por no hacerlo jamás. Y voy a ser claro, yo estaba desesperado por trabajar, intenté no sonarlo durante nuestras llamadas, pero estaba muy desesperado, me preguntaba cuando iba a pasarme a mí. Cuando, finalmente, iba a tener un buen trabajo. Para ese entonces, ya había trabajado como
1.profesor
1.1 en academia de español
1.2 en escuela judía
2. mesero
3.babysitter.
4. También asistí en una pequeña editorial colombiana y me hicieron guardar más de doscientos libros en mi monoambiente. No terminó bien, principalmente porque mis muebles pasaron a ser cajas de cartón abolladas y la inquietud y la desconfianza de haber aceptado esas cajas desde Colombia. Al final sólo eran libros berretas, poesía reeditada de Pessoa, autores que desconozco, pero importantes para el canon pro-palestino. Crónicas de pañuelos cubriendo los orificios nasales y usando limón para el gas pimienta. Lo más difícil de todo, finalmente, cuando entré en razón, después de peleas con mi madre, y peleas con mis chongos, fue sacarme de encima esas cajas, pedirles encarecidamente que quería renunciar. No trabajaba bien, no querían retenerme por eso, tenían que despedirse del depósito barato. Era un cartonero y okupa de mi propio hogar. Le decía a Juan, que conocía bien el mundo editorial gracias a este trabajo. Mentía. La única verdad cooptada por ellos fue:
-debe usarse interlineado 1,5 para poder leer correctamente las oraciones.
Lo cierto es que no elegía muy bien mis trabajos y además solía fallar, por lo que cada vez estaba más desganado.
También dejé de trabajar en la academia de español (1 a). Trabajé bastantes meses en una academia por microcentro. Cada día te asignaban un alumno diferente, en cada hora un alumno diferente, un extranjero de cualquier parte del mundo. Yo explicaba demasiado la coyuntura política, compartiendo textos del proceso y luego evaluaba los adjetivos con casos complejos, como Isabel Perón y relaciones poligámicas. A mí me parecía didáctico, mejor que la simpleza que tenían como slogan: aprender jugando. También me costaba posicionarme en mi lugar de autoridad: les comentaba a los extranjeros más jóvenes a qué lugares podrían ir de noche a bailar, mejor dicho, a qué antros podrían ir para tener una experiencia porteña sublime. Les recomendaba comprar en Telegram.
Era cierto, no tenía mucha disciplina. Fantasee con ser Uber, como todos los que sabemos manejar, pero no tenemos la necesidad de hacerlo, y de paso, por campo semántico compartido, taxi boy. Lo había pensado todo, había intentado todo como quien cree que intentar y desear es lo mismo, sin demasiada dedicación, y en el mundo laboral, en modo de solicitudes sencillas en LinkedIn. Contaba con pretensiones, pero al fin y al cabo eran las migajas del contacto artístico, la necesidad de trabajar pensando .
*
En mi trabajo con Juan, a veces sí teníamos una relación par a par. Sucedía cuando yo hacía algo genial, cuando tenía buenas soluciones, buenas ideas, aciertos, cuando un artista me guiñaba un ojo y se nos acercaba a hablar. Era una droga para mí su gentileza.
Mis amigos hablaban sobre ir a la costa, pero yo no podía confirmarlo todavía. Necesitaba saber si Juan iba a llevarme en el verano a Punta del Este. Juan decidió irse a vivir definitivamente a Uruguay, cambiando su residencia y otros papeleríos. Había decidido mudarse a Uruguay, o ya vivía ahí, pero pasaba meses y meses en Argentina. Siempre me comentaba que en algún momento debíamos ir juntos. Me preguntaba cómo iba a ser eso. Si iba a pagarme los pasajes, si iba a pagarme ese verano porque eso debería ser considerado trabajo. Si tendría una habitación o un cuarto propio. Todo eso me preguntaba yo, que siempre pensaba que no había dinero, y me enroscaba mucho pensando en que no estaba dispuesto a pagar por viajar ahí.
- ¡no me van a hacer pagar impuesto a las ganancias esos hijos de puta!
Mis amigos creían que tenía sexo con Juan. Eso era imposible. Yo era alto y muy flaco, tenía anteojos y barba apenas crecida. Aunque lo intentaba esconder, casi siempre usaba lo mismo. No había posibilidad en este mundo de que yo pudiese gustarle a Juan. Aunque les explicaba eso una y otra vez, mientras tomábamos cerveza en mis tiempos libres, le ponían a mi trabajo el título de escort. Yo creo que era más bien discípulo. Juan no me miraba. Sus chongos eran adultos, o excesivamente musculosos, o famosos o reconocidos en el mundo del arte.
- Es que hay artistas qué su libido pasa por otro lado, ¿es posible que vos me entiendas cuando te digo eso? Su deseo principal no es tener sexo, su obsesión no es un hombre o una mujer, ¿vos me podes entender?
Cuando le comentaba que me ofrecían otro trabajo, freelance, Juan me decía:
-Este trabajo lo tenes que hacer por trescientos dólares. Ni se te ocurra menos.
Y no me llamaba nadie.
Eventualmente, por diciembre, Juan simplemente me preguntó si yo quería viajar con él mientras almorzábamos. Después, me mandó por whatsapp los pasajes. Nunca me mandó la estadía, sólo dijo que Iba a ser en una de sus propiedades de allá. Sólo tuvo que decidir cuál le apetecía más.
La fecha no era mi favorita, pasaría con él año nuevo, y pasaría allá navidad y las fiestas. Me sentía muy solo.
En Punta del Este, lo ayudaba con cuentas, Excel y gastos, también hacía por él algunas compras; lo ayudaba a cocinar y barrer. Lavaba sus platos. Pero lo hacíamos juntos. Diciéndolo así, parece que no quedaba tiempo para pasear, pero no es cierto. Principalmente visitábamos galerías, hacíamos sociales (presencia en los lugares más pomposos).
Me propuse escribir un texto sobre cada galería y cada cuadro que el vendía. Registraba en mi cuaderno hasta sus llamadas telefónicas. Guardaba las frases que me llamaba la atención, historias que no me podía creer que Juan había vivido. Pensaba escribir todo lo posible y a fin del verano, en la tranquilidad de Uruguay, le daría mi texto para que lo pudiésemos leer juntos. Tal vez, si es que le gustaba, podría ayudarme. Pero sí, iba a gustarle.
Yo sabía que entre los dos había un pacto implícito, además de pasar varias semanas en Punta del Este, él, a cambio de mi babysitting, me llevaría a comer a los lugares caros, y me enseñaría sobre el funcionamiento de galerías, comprar y vender obras junto a sus gestos de cortesía. Lobby. Pero en cada evento me hablaba de los dueños, sin jamás dejar de mencionar alguna crítica o desprolijidad en su trayectoria, y luego, desaparecía por horas con esos mismos, y me dejaba sólo, con una copa de champagne, aperitivos, que siempre se repiten, siempre tostaditas de salmón y queso con hierbas. No era lo mismo que Capital Federal. En las muestras de allá, me sentía demás y fuera de lugar, todos llevaban su ropa de lino y suelta y blanca. Y gorros de paja para ricos, y sandalias Birkenstock. Yo usaba malla y camisa floreada. Comíamos con vista al mar y siempre pagaba por mí. Aprendí a llevar un libro y leer a un costado.
Durante ese verano escuché on repeat Es mentira, que decía:
quizás sea por eso
que cada vez que te veo y me ves,
Me tenes, a tus pies
Cuando no me acuerdo vos siempre, te me aparecés
Y después, te vas
Como aquella tarde en tu habitación
Cuando ibamos a hacer el amor
Te llamaron por teléfono y te fuiste
Y ni siquiera mentiste
Me dejaste sólo en tu propia casa
Con tu mucama y un video
Yo también empecé a fumar. Mi silencio creció. Daba caminatas solo todas las mañanas, miraba las enormes casas que había. A veces Juan iba a la playa y me pedía que no lo hiciera al mismo tiempo que él. Es porque íbamos a un balneario nudista,
-No quiero que nos encontremos así, voy a ir con mis amigos, con algunos compañeros, en el fondo, hay que hacer negocios. El pene es una distracción, ¿me entendés? A mí no me importa estar así, para mi es lo mismo, pero los otros se distraen, ¿entendes? ¿vos crees que podrías hacerlo?
Empezó a incluir palabras como sunset y drinks, palabras que usaba con naturalidad a pesar de leer hasta tarde en la noche junto a mí en su balcón, palabras que nos volvían a separar ideológicamente. Un día escribí en mi cuaderno,
No sé por qué me obligo a pasarla tan mal. Dejé de divertirme. No sé que es lo que me hace estar tan disconforme.
Una noche dentro de la última de las tres semanas que duraba la estadía en Punta del Este, invitó a dos parejas a cenar. La primera pareja está conformada por dos intelectuales, viven del mundo del arte y sus trabajos están centrados en el saber por las cosas, dan clases y charlas, viajan a Congresos y escriben en las típicas Revistas que están en el límite de la discusión polémica y la discusión desconocida y específica, es decir, revistas mal pagas, como Perfil o Radar. Saben muchísimo y pueden hablar horas sobre aquello a lo que no se dedican. Viven y tienen una vida llena de lujos por rentas. La segunda pareja tiene un recorrido económico un poco más difuso. El marido estudió filosofía, fue baterista de la Porturaria, trayectoria musical que tuvo que dejar porque estudiar durante sus giras y conciertos no le daba tiempo suficiente para dedicarse a las letras y tener una lectura comprometida. Incluso en Youtube se lo puede encontrar leyendo fotocopias con una linterna, acostado en una cama de un micro a larga distancia de camino a otro sucucho del interior de Buenos Aires. Rockstar. Ahora se dedica a marketing, aunque también hizo algunas publicaciones por gusto, donde habla de lo mucho que odia el mundo, haciendo referencias densas y complejas a la Grecia clásica. Insufrible. Su mujer es una esposa que trabaja de madre y escritora, viene de una familia adinerada, excesivamente adinerada, y ella se dedica a escribir y publicar en editoriales emergentes que podrían llegar a estar en la cresta de la ola, una especie de Alejandra Kohan, pero escribiendo sobre ficción y sobre su madre enferma y los pájaros en la mañana de un campo limpio y pálido, historias con un tono ácido y dulce a la vez. Le di follow y jamás me lo devolvió, estaba vestida muy cara, una sirena del mar negro podría haber dicho su marido; un estilo clásico y sobrio, venerado por ojos afilados, femeninos e interesados por la moda, por su lino caro y planchado.
Esas cuatro personas cenaban en Punta del Este, tomaban vino y comían ensalada con alguna fruta, frutos secos y queso de cabra. El quinto hombre los agasajaba, tarea posible gracias a mí. En mi caminata de la mañana, pasé por el mercado, compre todo lo que Juan detalló en una lista. Además, lo llamé para asegurarme de que todo estuviera bien. Me pidió que agregue un par más de cosas. Me cortó el teléfono de golpe.
Me divertía contar la cantidad de dinero que ese hombre gastaba.
A pesar de que se dedica a coleccionar arte, todas las obras que vi en esa casa de veraneo eran viejas y aburridas, tal vez en su cuarto o quinto hogar tenga un Kuitca, algo que valga la pena ser visto, y no cuadros oscuros, de mala muerte, como si se tratara de un Xul Solar dadaísta, algún uruguayo muerto hace medio siglo. La casa se encontraba dentro de un predio o barrio privado (elección de compra un tanto ordinaria para estos intelectuales, a pesar de que todos coincidían en el aumento de robos e inseguridad en temporada).
Veía en esa mesa cuatro modos de presentarse al mundo laboral, con la salvedad de que todos terminaron en la misma casa bebiendo del mismo vino, por lo que tal vez todas esas decisiones que más tarde conducen al éxito de la propia vida, terminan en el mismo goce del verano, compartiendo los mismos datos de restaurantes y paseos. Quiero decir, no hay de qué preocuparse, los sujetos oscilantes crean el mismo oasis después de tanto trabajo.
Charlaban sobre qué lugares quedaban por probar, libros y editoriales desconocidas, escogían algún autor para halagar y por qué no Céline y Philipe Roth, preferentemente hay que escoger un autor con una buena perspectiva historicista, jamás elegir poemas, jamás.
Anotado. La noche iba bien y yo estaba callado como de costumbre, y ya había aclarado que no era su novio sino un asistente y aprendiz
-él debería pagarme a mí por lo que está aprendiendo.
Y todos reían.
Y todo andaba bien hasta que me pidió que levantara la mesa y una de las mujeres se ofreció a ayudarme. Y después me pidió que lavara los platos mientras que comían el postre. Y que ordenara las sillas.
-Y de ser posible, podrías comer mañana a parte, en tu cuarto. Sí en tu cuarto. Tengo una reunión de negocios. Quisiera hablar de dinero.
Subí a mi cuarto llorando como un niño. Le di un grito a la almohada. Prometí jamás volver, pero sí, la noche siguiente, comí sólo, anotando algunas frases que llegaban por las paredes ahuecadas, me trajo helado, me habló del año siguiente y otras promesas irresistibles.


Me gusto mucho !! Gracias...Pero el protagonista es Juan. Porque le pusiste " mucama"🤔
Subi mas! Me re gusto!